El taller no nació de un plan de negocios, sino de un mueble heredado que estaba a punto de terminar en la vereda. Estos son los tramos que marcaron cómo trabajamos hoy.
Un ropero de cedro con la puerta descolgada y polilla en el zócalo. Aprender a desarmarlo sin romper los espigos llevó tres semanas y un cuaderno lleno de errores. Ahí quedó claro que el oficio se aprende desarmando, no mirando videos.
Veintidós sillas Thonet con los ensambles flojos y los asientos de crin vencidos. Fue el primer encargo donde probamos la silla cargada antes de entregarla: dos volvieron al banco a las semanas. Desde entonces ese control es obligatorio.
Un vecino preguntó si podía mirar cómo se lustraba a muñeca. Terminó viniendo los sábados con su propio barniz. De esa costumbre salieron las clases breves para aficionados: muñequilla, goma laca y paciencia, con herramientas que cualquiera consigue.
Dejamos de aceptar piezas sin verlas. Ahora pedimos fotos de la estructura, las uniones y los daños por humedad antes de dar un presupuesto. Evita viajes en vano y discusiones cuando el mueble llega con más problemas de los que mostraba la foto.
Damien Klassen empezó a restaurar muebles por necesidad: una cómoda de su abuela que se estaba desarmando sola. Lo que era un arreglo de fin de semana se convirtió en un oficio que hoy ocupa un galpón con olor a goma laca y viruta.
Al principio eran sillas de comedor que llegaban con las patas flojas y salían reencoladas con cola animal. El boca a boca entre vecinos y anticuarios de San Telmo marcó el ritmo: cada pieza enseñaba algo nuevo sobre ensambles, espigos y refuerzos que no se ven.
Con el tiempo llegó el espacio en Avenida Facundo Zuviría, con mesada larga, prensas y ventilación para trabajar decapantes sin apuro. Se dejó de lado el decapado químico agresivo y se adoptó el trabajo manual capa por capa, respetando la veta y el tono original de cada madera.
La demanda de sillones y butacas antiguas llevó a incorporar tapicería tradicional: resortes atados a mano, crin vegetal y telas de algodón. Fue una decisión de oficio, no de mercado: sin ese relleno, un sillón de los años treinta pierde su forma y su comodidad original.
Varios clientes preguntaban cómo lustrar en casa sin arruinar la pieza. De ahí nacieron talleres breves de lustre a muñeca y reparación básica, pensados para quien tiene herramientas simples y ganas de aprender el oficio sin convertirlo en profesión.
Hoy el taller sigue recibiendo piezas por encargo, con presupuesto previo según el estado estructural. La regla no cambió desde el primer banco prestado: mirar bien antes de tocar, y no prometer lo que la madera no puede dar.
Por qué existe el taller
Damien Klassen abrió este espacio porque veía cómo muebles de madera maciza terminaban en la vereda por un barniz saltado o una pata floja. El taller trabaja con el criterio contrario: entender primero qué le pasó a la pieza y después intervenir con lo mínimo necesario.
Cuando una silla de comedor de los años cuarenta llega con el ensamble vencido, no la encolamos sin más: revisamos si el espigón conserva madera sana, si el alojamiento se agrandó y si hace falta injertar. Ese mismo criterio se aplica a un ropero con polilla activa o a un sillón con resortes vencidos. El resultado no es un mueble nuevo, sino uno que sigue siendo el mismo, con su historia visible y su estructura otra vez firme.